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Foz do Iguaçu

Paraguay S.A.


Por: Garon Piceli

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Era de esperarse, cuando anunciaban el posible cierre de la Universidad Nacional del Este, se rumoreaba la alianza de la misma con una institución bancaria relacionada al dueño de uno de los medios de comunicación más importantes del país. La situación en la que se encuentra la casa de Altos Estudios llega al punto en que ya ni se cuenta con insumos de limpieza ni de papelería; gracias a la gestión de los estudiantes bajo promesa de representantes políticos gubernamentales, esta situación está siendo subsanada.

Ese rumor también se relaciona con otras instituciones del Estado, que se ven amenazadas por la posible alianza público – privada que se trató ayer (lunes 28) en el Congreso. Lo que se pretende con la Ley “DE PROMOCIÓN DE LA INVERSIÓN EN INFRAESTRUCTURA PÚBLICA Y AMPLIACIÓN Y MEJORAMIENTO DE LOS BIENES Y SERVICIOS A CARGO DEL ESTADO” según su Artículo 1º es “establecer normas y mecanismos para promover, a través de la participación público privada, las inversiones en infraestructura pública y en la prestación de los servicios a que las mismas estén destinadas o que sean complementarios a ellas; así como en la producción de bienes y en la prestación de servicios que sean propios del objeto de organismos, entidades, empresas públicas y sociedades en las que el Estado sea parte.

El alcance de esta Ley, según el Artículo 3, expresa que “Los contratos de participación público-privada podrán comprender proyectos de infraestructura y de gestión de servicios, incluyendo proyectos viales, ferroviarios, portuarios, aeroportuarios, proyectos de hidrovías, de dragado y mantenimiento de la navegabilidad de los ríos; los de infraestructura social; infraestructura eléctrica; proyectos de mejoramiento, equipamiento y desarrollo urbano; abastecimiento de agua potable y saneamiento; entre otros proyectos de inversión en infraestructura y servicios de interés público. También podrán comprender la producción de bienes y la prestación de servicios que sean propios del objeto de organismos, entidades, empresas y sociedades en las que el Estado sea parte”.

Por la calamitosa situación de todas las entidades públicas, al menos a los que utilizamos periódicamente sus servicios (hospitales, escuelas, etc) más de una vez se nos pasó por la cabeza la idea de que si se privatizan tal vez podrían mejorar, porque al final salís pagando siempre si no tenés algún “caballito” (amigo con influencia política). En un país como el nuestro, dónde crudamente en los lugares públicos te ofrecen un pésimo servicio acompañado de un panfleto de la empresa privada que te puede dar el mismo servicio a un costo obviamente mayor, nos encontramos en una situación dicotómica, si ya pago, si ya me obligan a pagar “propinas obligatorias” y encima me dan un pésimo servicio, porque no pagar bien y al menos tener la garantía de que el servicio va a ser mejor. Nuestro país siempre se bajó los pantalones al sector privado, incluso hay empresas privadas que ya sirven al Estado, como las telefonías, proveedores de internet, constructoras, laboratorios, couriers y otros, porque ni las entidades públicas se fían de los servicios que sus pares pueden brindar.

Con las publicaciones de las últimas semanas, de los casos de nepotismo, de las empresas concesionadas que brindan diferentes tipos de servicios al ente público y que están directamente relacionadas con políticos o parientes de políticos, como que faltaba la Ley nada más para que nos sigan jodiendo “legalmente”. El problema real en verdad no va por un atropello a nuestros derechos, con la clase política que tenemos, ni los derechos ni los izquierdos se salvan, el problema es cómo actuamos (ni siquiera es cómo reaccionamos, la reacción implica un momento no persistente y lo que necesitamos es un cambio persistente); nosotros, ciudadanos comunes que no mamamos del Estado, que arañamos para llegar a fin de mes guardando un poco “por sí el hijo se enferme” o hacemos una pollada para pagar el velorio o la internación ya que nunca, nunca el Estado nos tiene en cuenta, vamos a tener que seguir, porque ese instinto de aguante conocido como “esperanza” se resiste a desfallecer. Estamos jodidamente mal, pero siempre podemos estar peor.

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